Mostrando entradas con la etiqueta Audrey Hepburn. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Audrey Hepburn. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de marzo de 2009

Ser y no ser la barbie








Ella me dijo Claro, de eso se trata, ¿si no cuál es el chiste? Pero yo no tenía la más puta idea, y yo había jugado con cientos de muñecos y cientos de veces. Siempre me aburrí y así dejé rápidamente los juguetes por los libros y por eso cuando nunca había ido al colegio ya sabía quienes eran, tan lejanos, Siddharta y Pipino, el Breve. Yo había sido un niño que jugó por inercia durante años y jamás lo supo. Así como un adulto que es un adulto simplemente porque debe serlo, y trabaja y es serio y se ríe cuando es aceptable reírse y dice lo que es aceptable decir, yo era un niño que jugaba porque los niños juegan.

Tuve que aprender hoy que cuando uno juega, uno es parte de lo que juega. Ahora pienso que en eso habría estado todo el placer: en el acto de proyección. Me explicó La barbie no tiene personalidad, la barbie eres tú. La barbie recoge tu estilo y se convierte en ti, sólo que es más flaca, más bonita y rubia. Me quedé huevón. Es por eso que hay tantas barbies, por eso tantos accesorios... [risas] en cambio a ustedes les dan un sólo muñeco asesino y todos están contentos. Yo no me había sorprendido tanto en mucho tiempo. No pude evitar reírme, sonreírme, deslumbrarme. No había sabido que cuando cogí ese caballero del zodiaco que me regaló mi papá por navidad debía ser yo quien derrotara al caballero de Virgo de mi hermano, yo y no Seiya.





jueves, 12 de febrero de 2009

Fahrenheit, (Audrey Hepburn) & mi nuevo pantalón de denim a rayas‏




Se trata de entregarse de otra manera. A la ansiedad en su sentido más puro, y mecánicamente. A una visión humana del equilibrio aterrizada en esta ciudad dispar, animada como un fantasma soñador y tramposo, pulpo sucio de tentáculos arteros con ventosas del color del vino, agreste pero últimamente romántica. También se trata de una pasión por la impostura y cabiendo en ella, de un desdén exánime -siempre ficticio- hacia el amor. Yo lo creo casi siempre y sólo porque en algunos momentos no lo creo, es por eso que lo escribo (y así con todo). Escribo estas cosas sobre todo para torcer lo que es y expresar lo que he sabido descreer.




Entonces lo que es no es esto, o quizás sólo un poco, y luego cuando lo lees tampoco es lo que soy, es otro: es cualquiera, un cualquiera pintado por mí y por eso mismo actor de nuestras vidas, la mía y la tuya, en nuestros escenarios y caminos, esos lugares que hemos pervertido con nuestras miradas y voces, mucho más irresponsable. Y desde estas caretas que se van conformando, todas convergentes y voraces e idiotas como las polillas gigantes que pululan la lámpara dicroica de la sala en las reuniones familiares, con torpeza acaso lírica, se incorporan cosas a mí. En otras ocasiones de ellas me distancio. Pienso hoy que de tal forma le debe suceder a todos los que existieron verdaderamente (como yo) y con el mismo desorden, sin posibilidad de pronóstico, sean rigurosos o no, y con el mismo riesgo delicioso y mortal que motiva nuestras vísceras en la iluminada dirección del éxtasis y la locura.











Escribir o leer esto, que por el metafísico y cuestionable misterio/método que es la usurpación de los pensamientos ajenos finalmente no son cosas demasiado distintas, es al cabo concretar un candor pélvico, y como premisa sin buscar jamás ayuda psiquiátrica. Así por ejemplo olvidar el ahorro, la mesura y masturbarse; después comprar, comprar comprar comprar hasta la imbecilidad (aquel estado de paz, maravilloso, que permanece proscrito por la mayoría de los hombres que en nuestros tiempos se llaman prácticos o inteligentes).