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martes, 14 de abril de 2009

Los pájaros








Era el jueves por la tarde e iba hacia la casa de Jorge. Estaba intranquilo y nos íbamos a ir a Polvos Azules a comprar películas de terror y zapatillas. Pensaba todo el tiempo, más sobre el vacío de cada bocacalle, en esas ganas sensuales que tenía de viajar lejos y de quedarme enterrado en el lugar más disipado que pudiera alcanzar.

Iba en mi carro, que se llama Satanás, y lo manejaba como sólo lo hago cuando voy solo. Jugando a sentir que controlo una verdadera máquina lo comando con agresividad, con gentil torpeza, busco que suene, que vibre, acelero de más en las rectas libres, zigzagueo cuando algo me distrae, casi choco, después doblo con talante, sin astucia, con aquella mesurada imprudencia que nunca luzco cuando tengo alguien más conmigo subido en él, y canto mientras lo hago todo, las malditas melodías de siempre a voz en cuello y como imitando al más grave y sórdido de todos los cantantes bajos. Yo no le puse el nombre a Satanás, se lo pusieron las amigas de mi hermano. Persiguieron lograr un chiste y consiguieron algo mucho mejor: un nombre perfecto. Me enorgullezco de Satanás, aunque sea rojo y lerdo. Lo tolero, lo amo porque es profano, inadecuado, porque en él he besado y porque en él he casi muerto.

El asunto es que iba manejando y a unos 40 metros vi dos palomas sobre la pista. Comían y yo las vi y no les hice caso y seguí pensando en mis delirios de viajante, expandiéndolos hacia roles exploradores, misioneros y épicos que no se detendrían en el simple proselitismo, que alcanzarían la ejemplificación radical, al borde de tornarme en un mártir del placer y del ocio. Asumí que escaparían de Satanás y sus ruedas de fuego, pero no se movieron. Ya sólo eran 20 metros cuando las volví a ver, tales estatuas, y comencé a frenar. Aún no se movieron. Entonces frené casi completamente. Pero no se movieron. Me detuve frente a ellas y luego empecé a avanzar, muy lento. No se movieron.

Ya he dicho antes que creo que nuestra mente es la sala de control y nuestro cuerpo una marioneta, una marioneta en la que se impregnan los trazos, las inflexiones, las perversiones del alma. Así, esta se expresa en las formas del cuerpo y como resultado existe nuestra imagen: la concreción de nuestra mente en nuestra forma, digamos que nuestro estilo. Yendo no mucho más allá, creo que nuestra mente no se detiene en el cuerpo e incorpora más elementos a su yugo. Por ejemplo, el auto que manejamos. Él va como nosotros, gira como nosotros: se tropieza, yerra con nosotros.

Esto debe ser obvio para muchos. Sin exagerar, incluso para una pareja de palomas alimentándose en el medio de la pista. Entonces es preciso acelerar, súbitamente, para declarar una vez más, envuelto en una nube de plumas, que las apariencias engañan.

martes, 24 de marzo de 2009

Zeitgeist: los hilos, las manecillas







Vi el documental Zeitgeist. Ya lo había visto pero lo volví a ver a causa de una conversación que tuve con L. Lo volví a ver y fuera de todo lo que acaso sea acertado, siento que es efectista, cursi..., que está terriblemente hilado. Pero a pesar de eso es contundente, por momentos pudo inquietarme (particularmente la escena del atentado en el subterráneo en Madrid) y ninguna de esas es mi mayor observación.

Me interesó, conversando con L, el origen de la búsqueda que reconozco en ella. Existe la clase de hombres -y mujeres- que busca explicaciones y la que no. Ella las busca y por eso, cuando la miro a la cara, reconozco aquella materia inexplicable que condensa sus facciones atada a su cuerpo, sus labios, su nariz, sus dientes, todo en una persona fabulosa.

Yo le dije me parece que hay una falla en toda la figura propuesta. Si la sociedad es como una pirámide, se entiende que la mayoría estamos del lado inferior y que existen, en escalas sucesivas y cada vez más pequeñas, una sobre otra, individuos que rigen las vidas de aquellos en escalas inferiores. Así hasta la cúspide, donde reside el cenáculo, el jerarca máximo. Pero de pronto me parece que el mundo es mucho más difuso de lo que nos gusta creer, los caminos de la palabras y las voces y los hechos mucho menos definidos de lo que nos gusta creer. ¿Has pensado por qué habrían de ser contundentemente superiores los caminos de ascenso de la información en la pirámide que los de descenso? ¿Hay algún motivo mayor para asumir esto? ¿Por qué creeríamos que aquellos en la cúspide tienen los medios para informarse de todo? ¿Cuánto se pierde en el camino? ¿Por que la imagen de aquellos del mundo sería más precisa que la nuestra? Quizás es sólo distinta. ¿Siendo prácticos, realmente creemos que Alan maneja el Perú, que Obama maneja EEUU? ¿Realmente creemos que existen las vías de comunicación, como hilos fabulosos, que permitirían a un jerarca siniestro -cierto Rockefeller- controlar la humanidad entera? No niego la existencia de una construcción con índole de pirámide, sólo cuestiono la posibilidad de una comunicación efectiva entre los escalafones.

Otro día, conversando del tema, un tío me comenta lo siguiente. Yo lo condenso. Cuando la realidad evita a un ser, lo descarta, lo escinde en pedazos y lo evacua a sus arrabales, tal ser construye una realidad aparte, donde no libre de cualquier conflicto se haya, pues no debe más lidiar con lo inadecuado que resulta en la primera.

Si de pronto la sociedad nos controla, la cultura nos traza ciertos límites, siento que eso no es tan grave. Me distiendo un poco, elijo con alegría mis batallas.













jueves, 19 de febrero de 2009

Esta frase de Cabral y este video de The National que en verdad es como que la nuez





El amor depende de la dirección que uno tome. Por ejemplo Borges salió para el sur y se encontró con la biblioteca nacional. Yo salí para el norte y me encontré con las mujeres, lo que quiere decir que escribí poco, pero me divertí mucho. Lo que también quiere decir que tanto el amor como la cultura son accidentes.













martes, 17 de febrero de 2009

Enumeración precoz



No contaré las mujeres de mi vida por cuántas quise, tampoco por cuáles me dijeron te quiero. Mi indicador será mucho más tierno y agudo: serán las mujeres de mi vida todas aquellas que tuvieron mi pene en sus labios.