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jueves, 23 de abril de 2009

Window shopper








Rondo, rondamos como extrañas mareas. Repletas de congoja o sal, sueños, reunidas en un alma común, azules muchedumbres atestan las avenidas. Las cruzamos cuando se arrecian: entonces son permeables y diáfanas y se conforman de átomos súper excitados. Claras multitudes en un semáforo, experiencias de la mala ciudad: miles de cabezas verdes e hirsutas que me parecen canicas translúcidas nadando caóticas en un océano refrescante y carísimo de agua Perrier.

Y no encontramos nada, alguien en ellas que nos detenga. Caminamos entre mujeres oscuras, hermosas melodías pop y objetos de menos valor. Curioseamos: participamos de esta vida ajena y notamos el humor dulce del cuerpo abochornado que nos acompaña en el ascensor, la línea delicada de su vestido cálido y cómo delinea aquella cintura fina mientras esas piernas llevan a la chica, deliciosamente, fuera del aparato metálico y de nuestro alcance. Luego lo olvidamos todo y aquello, aquel olvido que es lívido y está prendido a la seda rosada que lo envolvió, es todo lo que es esto: mirar pero nunca recoger.

En Memorias de Adriano, traducida al castellano por Cortázar, Marguerite Yourcenar interpreta las opiniones de Adriano sobre un joven romano que ha penetrado en su vida. Nos dice de Lucio Ceyonio: Lo miraba vivir. Mi opinión sobre él se modificaba de continuo, cosa que sólo sucede con aquellos seres que nos tocan de cerca; a los demás nos contentamos con juzgarlos en general y de una vez por todas.

Rondo y observo, busco poseer la total templanza de los ascetas. Ni soy como Adriano ni soy un asceta; rápidamente me corrompo, salto, caigo sobre el mundo: opino, incido, beso. Finalmente no logro nada, defino y olvido. Iba el otro día, andaba por una tienda de ropa y vi una negra, perfecta casaca. Era corta y delgada, como yo la quería, y una hebilla gruesa y hostil cerraba el cuello duramente, seca y vibrante como la herramienta de un herrero. Justa, convulsionaría mi figura. Entonces supe que era para mí.

¿Pero debía ir a buscarla? ¿No sería, quizás, la misma figura?

domingo, 22 de marzo de 2009

La rosa púrpura del Cairo





1. En general me gustan los finales tristes.
2. Fuera está lloviendo.
3. Está lloviendo en otoño.
4. Esta lloviendo y la realidad está como en sepia.
5. Miro la tele: Mia Farrow sabe poner la más bella cara de cojuda.
6. Yo la amo por eso.
7. Mia Farrow es fabulosa.
8. No es preciso sudar para amar.
9. Mia Farrow.
10. No es preciso entender tampoco.
11. No es preciso tener experiencia para hacer el amor.
12. En cambio sí es preciso saber engañar.
13. Engañar no es el pecado que nos enseñaron.
14. Nos enseñaron muchas cosas.
15. Una mujer se conquista a través del engaño.
16. Luego, besar y felar no son favores tan diferentes.
17. Besar puede ser el acto más tierno.
18. Felar puede serlo aún más.
19. Besar también puede ser asqueroso.
20. Algunas mujeres besan asqueroso.
21. Otras felan con aparente desidia.
22. De pronto tú y yo besamos muy mal.
23. Nunca nos lo dirán.
24. Todos perderemos amores a manos de labios mejores.
25. Vuelvo a la tele: Mia Farrow ha roto un plato.
26. Mia Farrow.
27. Mia Farrow.
28. Esta película se la recomendé a una chica.
29. Me parecía bonita y me sigue pareciendo bonita.
30. Estoy bastante seguro de que no lo es.
31. Esta película se la recomendé a una chica.
32. Lloró viéndola.
33. No son la misma chica.
34. Se la recomendé a muchas chicas.
35. Me la recomendó a mí una chica.
36. Debo salir en busca de símbolos propios.

sábado, 21 de marzo de 2009

Sergio Marcelo Coiffure











Como en ese capítulo de Seinfeld, de esa calaña es mi relación con Sergio Marcelo. Pero tomemos en cuenta que yo no soy totalmente Jerry Seinfeld, que tengo un poco de Woody Allen también, otro poco de Bill Cosby y otro (aún) de Edgar Allan Poe.

Sergio Marcelo es un poco ese tipo de peluquero que podríamos llamar barbero. Quizás algo más moderno, pero no mucho. Tiene guayabera blanca y banda de jebe. Tiene sillas de cuero blanco, que podrían ser parte de la escenografía de Grease, y sabe reírse de si mismo con más agudeza que del resto. Yo lo aliento, busco torcerlo Sergio, ¡deja salir a la loca argentina que hay en ti! pero Sergio Marcelo es mesurado y cosechado, aprista viejo, toma el café con elegancia, las piernas cruzadas mientras espera, oliéndolo, y está muy orgulloso de sus hijos, una doctora y un ingeniero. En otras palabras: no cambiará.

He querido dejarlo, cambiarlo por alguien más joven y con mejores manos. En ocasiones me he atrevido a sacarle la vuelta. (Aquella vez en Guayaquil.) He querido dejarlo y jamás me atreveré. Por tanto me pliego a él, lo incorporo en mí. Es muchísimo más fácil ser abandonado.







martes, 17 de marzo de 2009

Compro placer
















Confieso que no me siento culpable. Este tiempo -el nuestro- no es más que otra tradición. En él me desempeño, pobre, parcial y goloso. Y jamás conocí otro lugar y quise mucho hacerlo e incluso me dijeron tú naciste en otro lugar, pero yo había nacido en este. Salgo a correr, disfruto de una copa de vino, si tengo suerte beso a alguna mujer. Luego por la noche me rodean ausencias.

Digo que no me siento culpable. Imposto con elocuencia esta vida, entre pájaros con la visión perfecta y mi sangre carmín y mis labios carmín, ambos tentándolos, y otros labios burgundy -mis preferidos- y sus dueñas: mujeres pequeñas detenidas frente a mujeres más altas, ambas con el torso del mismo tamaño (las segundas con las piernas larguísimas). Compro amor: compro sonrisas. Luego por la noche me rodean ausencias.

No me siento culpable. Son fantasmas. ¡Son bárbaros desnudos! Son apariciones o tecnologías gringas: son la última moda en zapatillas. Y mientras me han mirado, esperando la duda, la fatal duda nocturna, yo he ignorado su vigilia. Ignorándolas, he construido una comedia con los ángulos de mi cara, las sombras de sus ojos y las persianas entreabiertas. He ensayado un concierto con cierta estructura y noche.

Acaso es vano el intento: siempre persiste la culpa, la culpa que cierne la dicha como la arena caliente que recorre una mano gangrenada, y con aquella misma dulzura. Entonces siempre con ella las mismas ausencias.






martes, 3 de marzo de 2009

Alejandra, Vogue, cuerpos










Estaba oyendo poco una presentación y me provocó recoger la Vogue que había sobre la mesa y ojearla. Después de todo eran mujeres bonitas en ropa bonita: supuse que podría pasar el tiempo con eso. Supuse que ojear una Vogue podría hacerme contento unos minutos. Nunca había ojeado una Vogue y la ojeé detenidamente, como de repente nunca lo vuelva a hacer, y traté de reconocer las tendencias de las que siempre hablamos aquí. Me detuve sobre todo en la ropa de estas mujeres -en su mayor parte diseñada por hombres-, en sus piernas y en sus ojos. Al rato me sentí como leyendo una Playboy, encontré que la revista era un collage de fotos de chicas lindas y artículos sobre el escritor más hip de la escena newyorkina. Creí que The devil wears Prada no era una película tan descabellada.

Estaba oyendo realmente poco, hacía calor y habían pasado demasiadas horas. En general siento que siempre han pasado demasiadas horas, constantemente, en todas las situaciones siempre han pasado demasiadas horas. El pasado siempre es inmenso y terrible, detallado, destellante, feroz, artero, es un rompecabezas con piezas agregadas de valor que lo contiene todo, todo, todo. Y no hay cómo volver a él y eso es todavía más terrible: saber que no podemos resarcir lo terrible.

Seguía oyendo poco y cuando terminé con la Vogue recogí un especial de Cosas. Parecía ser más de lo mismo pero no lo era porque cerca del medio encontré un artículo sobre Eielson y su propensión, que yo desconocía, a expresarse con telas y nudos, luces, formas y más nudos. Me gusta Eielson y quiero conocer Milán. Hay tardes cuando quiero mutar de ingeniero en John Galliano.







jueves, 12 de febrero de 2009

Fahrenheit, (Audrey Hepburn) & mi nuevo pantalón de denim a rayas‏




Se trata de entregarse de otra manera. A la ansiedad en su sentido más puro, y mecánicamente. A una visión humana del equilibrio aterrizada en esta ciudad dispar, animada como un fantasma soñador y tramposo, pulpo sucio de tentáculos arteros con ventosas del color del vino, agreste pero últimamente romántica. También se trata de una pasión por la impostura y cabiendo en ella, de un desdén exánime -siempre ficticio- hacia el amor. Yo lo creo casi siempre y sólo porque en algunos momentos no lo creo, es por eso que lo escribo (y así con todo). Escribo estas cosas sobre todo para torcer lo que es y expresar lo que he sabido descreer.




Entonces lo que es no es esto, o quizás sólo un poco, y luego cuando lo lees tampoco es lo que soy, es otro: es cualquiera, un cualquiera pintado por mí y por eso mismo actor de nuestras vidas, la mía y la tuya, en nuestros escenarios y caminos, esos lugares que hemos pervertido con nuestras miradas y voces, mucho más irresponsable. Y desde estas caretas que se van conformando, todas convergentes y voraces e idiotas como las polillas gigantes que pululan la lámpara dicroica de la sala en las reuniones familiares, con torpeza acaso lírica, se incorporan cosas a mí. En otras ocasiones de ellas me distancio. Pienso hoy que de tal forma le debe suceder a todos los que existieron verdaderamente (como yo) y con el mismo desorden, sin posibilidad de pronóstico, sean rigurosos o no, y con el mismo riesgo delicioso y mortal que motiva nuestras vísceras en la iluminada dirección del éxtasis y la locura.











Escribir o leer esto, que por el metafísico y cuestionable misterio/método que es la usurpación de los pensamientos ajenos finalmente no son cosas demasiado distintas, es al cabo concretar un candor pélvico, y como premisa sin buscar jamás ayuda psiquiátrica. Así por ejemplo olvidar el ahorro, la mesura y masturbarse; después comprar, comprar comprar comprar hasta la imbecilidad (aquel estado de paz, maravilloso, que permanece proscrito por la mayoría de los hombres que en nuestros tiempos se llaman prácticos o inteligentes).