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sábado, 25 de abril de 2009

La mecánica de los agujeros




Reconocí en mi abuela una tensión extraña. Hablaba y sus palabras, sus ideas parecían alargarse como el chicle cuando lo estiramos, estar siendo jaladas de sus labios a través de su cara, bajo la piel, detrás de su nariz, por dentro de su cráneo hacia arriba y hacia un lado, diagonalmente, y sus ojos celestes parecían estar siendo jalados con ellas porque se perdían ambos hacia arriba y hacia atrás, y entonces lo que decía era mucho y trataba de su pasado. Es de lo único que habla. Nos explicaba de La Punta y del Callao y de los tranvías. Nos contaba algunas verdades, pero todo parecía, como sus palabras, alargado, estirado desde las geografías donde está lo real hasta aquellas verduscas, fucsias, amarillentas donde reside lo otro, aquello que usualmente acabamos prefiriendo.

Disfruté sobre todas de dos de sus anécdotas. En la primera ella había fundado la Cruz Roja, aún muy joven, magnánima y devota, y en la segunda, en medio de una celebración delirante, en plena avenida Grau, el mismo Haya de la Torre había descendido de un vehículo, vitoreado por las masas, y le había encomendado la crianza de Alan García. Y me gustaron tanto sus historias y pensé que no era esa niebla, que también llamamos demencia, lo que la fatigaba. Quizás debemos postular otro modelo y considerar su devaneo como el efecto de un motor macabro, no de un desfallecimiento.

Yo imagino la muerte como un gigantesco agujero, que nos llama y que consecuentemente nosotros perseguimos, que tinta no sólo los últimos tiempos que tenemos sino todos, cada vez más, manifestándose cuando ya está muy cerca con gracias similares a las que reconocí en mi abuela, de 98 años. Imagino además múltiples agujeros, literales y figurados. Imagino que cada agujero tuerce según sus caprichosos parámetros el tejido de la cultura y de la memoria –me copio de Einstein- elaborando así cada una de nuestras pulsiones, e imagino un supremo director de arte encargado de disponer estos agujeros en un plano del hiperespacio, utilizando metodologías ignotas y matemáticas futuras, y creo que la interacción, las distancias (si acaso ese concepto sigue siendo válido), las empatías y los desprecios entre estos agujeros nos definen.

Siempre me gustaron estos agujeros. No me quejo. Me persiguen con su fuego y con su silencio, cada uno a su manera. Ansían chuparme la esencia, hacerme feliz o tornarme inmortal. Ansían mi cuerpo y lo detienen, en otros casos lo propulsan: lo arrojan sobre terrenos hostiles y yo he dispuesto no rendirme hasta descubrir el mecanismo tras su juego, la risa que comparten. Quiero penetrar el Ágora Crónica, aquel espacio donde todos mis agujeros se encuentran en perenne tertulia, bebiendo vodka frío y comiendo papas fritas con sal, y no quiero mellar a ninguno de ellos, pues son parte de mí. Que no se piense que les tengo recelo. Ya lo dije: siempre me gustaron los agujeros.






Como dos abismos imantados y voraces, cada noche cantan para mí las vaginas y la muerte.






martes, 14 de abril de 2009

Los pájaros








Era el jueves por la tarde e iba hacia la casa de Jorge. Estaba intranquilo y nos íbamos a ir a Polvos Azules a comprar películas de terror y zapatillas. Pensaba todo el tiempo, más sobre el vacío de cada bocacalle, en esas ganas sensuales que tenía de viajar lejos y de quedarme enterrado en el lugar más disipado que pudiera alcanzar.

Iba en mi carro, que se llama Satanás, y lo manejaba como sólo lo hago cuando voy solo. Jugando a sentir que controlo una verdadera máquina lo comando con agresividad, con gentil torpeza, busco que suene, que vibre, acelero de más en las rectas libres, zigzagueo cuando algo me distrae, casi choco, después doblo con talante, sin astucia, con aquella mesurada imprudencia que nunca luzco cuando tengo alguien más conmigo subido en él, y canto mientras lo hago todo, las malditas melodías de siempre a voz en cuello y como imitando al más grave y sórdido de todos los cantantes bajos. Yo no le puse el nombre a Satanás, se lo pusieron las amigas de mi hermano. Persiguieron lograr un chiste y consiguieron algo mucho mejor: un nombre perfecto. Me enorgullezco de Satanás, aunque sea rojo y lerdo. Lo tolero, lo amo porque es profano, inadecuado, porque en él he besado y porque en él he casi muerto.

El asunto es que iba manejando y a unos 40 metros vi dos palomas sobre la pista. Comían y yo las vi y no les hice caso y seguí pensando en mis delirios de viajante, expandiéndolos hacia roles exploradores, misioneros y épicos que no se detendrían en el simple proselitismo, que alcanzarían la ejemplificación radical, al borde de tornarme en un mártir del placer y del ocio. Asumí que escaparían de Satanás y sus ruedas de fuego, pero no se movieron. Ya sólo eran 20 metros cuando las volví a ver, tales estatuas, y comencé a frenar. Aún no se movieron. Entonces frené casi completamente. Pero no se movieron. Me detuve frente a ellas y luego empecé a avanzar, muy lento. No se movieron.

Ya he dicho antes que creo que nuestra mente es la sala de control y nuestro cuerpo una marioneta, una marioneta en la que se impregnan los trazos, las inflexiones, las perversiones del alma. Así, esta se expresa en las formas del cuerpo y como resultado existe nuestra imagen: la concreción de nuestra mente en nuestra forma, digamos que nuestro estilo. Yendo no mucho más allá, creo que nuestra mente no se detiene en el cuerpo e incorpora más elementos a su yugo. Por ejemplo, el auto que manejamos. Él va como nosotros, gira como nosotros: se tropieza, yerra con nosotros.

Esto debe ser obvio para muchos. Sin exagerar, incluso para una pareja de palomas alimentándose en el medio de la pista. Entonces es preciso acelerar, súbitamente, para declarar una vez más, envuelto en una nube de plumas, que las apariencias engañan.

martes, 3 de marzo de 2009

Alejandra, Vogue, cuerpos










Estaba oyendo poco una presentación y me provocó recoger la Vogue que había sobre la mesa y ojearla. Después de todo eran mujeres bonitas en ropa bonita: supuse que podría pasar el tiempo con eso. Supuse que ojear una Vogue podría hacerme contento unos minutos. Nunca había ojeado una Vogue y la ojeé detenidamente, como de repente nunca lo vuelva a hacer, y traté de reconocer las tendencias de las que siempre hablamos aquí. Me detuve sobre todo en la ropa de estas mujeres -en su mayor parte diseñada por hombres-, en sus piernas y en sus ojos. Al rato me sentí como leyendo una Playboy, encontré que la revista era un collage de fotos de chicas lindas y artículos sobre el escritor más hip de la escena newyorkina. Creí que The devil wears Prada no era una película tan descabellada.

Estaba oyendo realmente poco, hacía calor y habían pasado demasiadas horas. En general siento que siempre han pasado demasiadas horas, constantemente, en todas las situaciones siempre han pasado demasiadas horas. El pasado siempre es inmenso y terrible, detallado, destellante, feroz, artero, es un rompecabezas con piezas agregadas de valor que lo contiene todo, todo, todo. Y no hay cómo volver a él y eso es todavía más terrible: saber que no podemos resarcir lo terrible.

Seguía oyendo poco y cuando terminé con la Vogue recogí un especial de Cosas. Parecía ser más de lo mismo pero no lo era porque cerca del medio encontré un artículo sobre Eielson y su propensión, que yo desconocía, a expresarse con telas y nudos, luces, formas y más nudos. Me gusta Eielson y quiero conocer Milán. Hay tardes cuando quiero mutar de ingeniero en John Galliano.







lunes, 16 de febrero de 2009

Me copio y floreo (vamos a vender cremitas)







Si existe la miseria y tiene como una de sus consecuencias disolver cierta libertad, mental y no siempre física, y si esta miseria es la total inmersión en el hambre, la pobreza y conduce -no con pocas excepciones- a la conformación de un corazón llano y estéril. Si la expresión libre y creativa, de pronto artística, aquella que mueve el universo, lo diseña, lo articula, faculta la ciencia, la técnica, sostiene la verdadera soledad, la verdadera ira, el cómico amor, se construye sobre esta libertad que la miseria socava, en sus conciencias, contradicciones, en sus patetismos, vacíos y desencuentros, y si debemos aceptar que esta miseria florece en una estirpe particular de seres, indistintamente extraviados o convencionales, entonces se funda la única posibilidad de una justificación verdadera de la responsabilidad: sólo aquella que pueda contribuir a liberarlos.