miércoles, 8 de abril de 2009

Las voluptuosas funciones del vientre




Son las 6 y 45 am y me siento en la silla frente a la computadora y le escribo a Rossana no es un mito, la mañana es el mejor momento para hacer caca. Después me disperso un poco, me siento extraviado en los sonidos de Art Decade, mi melodioso y mínimo amor. Pero ella me responde, azuzando mi mente claro que no, yo prefiero la noche: así puedo botar toda la mierda de día que pude tener. Me sorprendo, Rossana ha dado una respuesta bastante inteligente, pero rápidamente replico ¡Ah! Un defeque metafórico y lírico, en ese caso yo te gano… Mis sueños se componen de deseos tiernos e imposibles. Si fuera mejor hombre, tendría sueños pornográficos y conquistadores; en cambio sueño que abrazo, que trato de asir todo aquello que no puedo tener. Yo prefiero hacer caca en la mañana: así puedo botar toda la mierda que pude soñar.

lunes, 6 de abril de 2009

San Gabriel






Caminé por toda la vereda, toda hasta el ubicuo final de ella, a través de los árboles y escabrosamente bajo el vuelo ciego de los escarabajos que viven en las acequias que rodean el club de golf. Se oscurecía la tarde bajo cada árbol y tras cada edificio, rítmicamente. Todo el tiempo estuve seguro de todo, de que todo era lo que era y de que yo sabía lo que aquello era, seguro de mi tristeza y seguro de mi alegría y seguro de repudiar ciertos miembros de mi cuerpo y otros de mi familia, convencido de amar a las mujeres y al sexo oral y a los besos, contento de saber leer y disgustado con la tentación de escribir.

Me detuve donde se cruzan Pezet y Camino Real y donde al tiempo que parece inaugurarse la civilización, como con el carraspeo afilado y juicioso que puede volvernos a la realidad en una sala de cine, uno intuye que está perdiendo aquella presunción de tranquilidad, que por un instante ya no es libre entre los espejos incisivos de los edificios muy altos -pero completamente pequeños- y que por otro desea a las mujeres caminando a ritmos ululantes y acepta la tentación ahora tangible y abrupta y alegre de meter mucha plata en el banco para seducirlas sistemáticamente, andar con ellas, las más traicioneras y felices amantes, y que su maquillaje sea MAC y que sus computadoras también.

Llegué al final de la vereda y estaba absolutamente envuelto por la música de Nick Cave y tenía la boca llena de cerdas: cerdas de un cepillo de dientes que en honra a la eficiencia en el gasto compré a 2 x 1 en la farmacia más próxima. Mientras lavaba mis dientes, mi rápida lengua, se habían esparcido en mi boca, liberadas de un cepillo efectivamente defectuoso, lacerando mis encías y coloreando mi sonrisa con trazos aguados de rojo. Yo las ignoraba y no paraban de aparecer, ahora, surgiendo de entre mis dientes como insidiosa paja. (Aquello que nos limpia también incide en nosotros.) Pero yo las ignoraba. Parado sobre la esquina giré, utilicé la pierna derecha como pivote, me deslicé sobre el taco de mis zapatillas negras, acabé mirando el edificio que se encuentra sobre la orilla opuesta de la pista. Curioso dato: he visto ya la muerte en ese margen.

Fue en 1998, calculo, y eran las 7 am de una mañana de octubre y yo llegaba trepado en la camioneta que nos llevaba al colegio y nos deteníamos frente a este edificio para recoger a Carolina y a Vicho, los dos hermanos brasileros. Inmediatamente después de parar escuchamos un delicado grito y luego el cuerpo de una mujer estaba descalabrado sobre el suelo de laja de la entrada. Había caído del cielo o desde el piso 17 y al momento que tocó el suelo, oh práctico dominó, mi termo de agua cayó sobre el suelo de la camioneta y empezó a mojar mis zapatos.

Yo vi ese cuerpo y en este tiempo pensaba en mis dientes mientras veía la construcción y sus 17 pisos y recordaba al cuerpo y veía otra vez ese cuerpo limpio, perfectamente limpio, puro y pensaba en mis dientes, un momento, luego en ese cuerpo roto, quebrado sobre un escalón de laja y que estaba siendo cubierto con una sábana celeste y de entre cuyas pierna corría un viscoso hilo de sangre: tal como el hilo que había corrido entre mis encías.

Detenido, en ese momento se me acercó de súbito una anciana.

Señor, disculpe… estoy buscando una dirección... ¿usted sabe cual es la primera cuadra de Pezet?

Esta señora.

¿Esta no es San Gabriel?

Creo que es Pezet.

No señor, esta es San Gabriel: yo vivía acá hace 40 años.










Más allá de la tierra de formas, todo fue otra cosa, todo se ensucia y tú eres lo que acaece, siempre empapado de gloria.




sábado, 4 de abril de 2009

Les foules

Podría hacer un comentario sobre el concierto al que fui ayer, pero prefiero usar a Baudelaire, que estaba mucho más enfermo que yo.

Il n'est pas donné à chacun de prendre un bain de multitude : jouir de la foule est un art; et celui-là seul peut faire, aux dépens du genre humain, une ribote de vitalité, à qui une fée a insufflé dans son berceau le goût du travestissement et du masque, la haine du domicile et la passion du voyage.

Multitude, solitude: deux termes égaux et convertibles pour le poëte actif et fécond. Qui ne sait pas peupler sa solitude, ne sait pas non plus être seul dans une foule affairée.

Le poëte jouit de cet incomparable privilège, qu'il peut à sa guise être lui-même et autrui. Comme ces âmes errantes qui cherchent un corps, il entre, quand il veut, dans le personnage de chacun. Pour lui seul, tout est vacant; et si de certaines places paraissent lui être fermées, c'est qu'à ses yeux elles ne valent pas la peine d'être visitées.

Le promeneur solitaire et pensif tire une singulière ivresse de cette universelle communion. Celui-là qui épouse facilement la foule connaît des jouissances fiévreuses, dont seront éternellement privés l'égoïste, fermé comme un coffre, et le paresseux, interné comme un mollusque. Il adopte comme siennes toutes les professions, toutes les joies et toutes les misères que la circonstance lui présente.

Ce que les hommes nomment amour est bien petit, bien restreint et bien faible, comparé à cette ineffable orgie, à cette sainte prostitution de l'âme qui se donne tout entière, poésie et charité, à l'imprévu qui se montre, à l'inconnu qui passe.

Il est bon d'apprendre quelquefois aux heureux de ce monde, ne fût-ce que pour humilier un instant leur sot orgueil, qu'il est des bonheurs supérieurs au leur, plus vastes et plus raffinés. Les fondateurs de colonies, les pasteurs de peuples, les prêtres missionnaires exilés au bout du monde, connaissent sans doute quelque chose de ces mystérieuses ivresses; et, au sein de la vaste famille que leur génie s'est faite, ils doivent rire quelquefois de ceux qui les plaignent pour leur fortune si agités et pour leur vie si chaste.


(Sumergirse en la multitud no es para todos: gozar de la muchedumbre es un arte; una francachela de vitalidad a expensas del género humano y sólo puede dársele uno al que el hada inspiró desde la cuna el gusto del disfraz y la máscara, el desprecio por el domicilio y la pasión por viajar.

Multitud, solitud: términos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en medio de una muchedumbre atareada.

El poeta disfruta de ese incomparable privilegio, porque puede ser él mismo y otro, según su voluntad. Como almas errantes que buscan un cuerpo, entra cuando quiere en el personaje de cada quien. Sólo para él, todo está disponible y si ciertos sitios parecen estarle vedados es que a su criterio no vale la pena visitarlos.

El paseante solitario y pensativo obtiene una singular ebriedad en la comunión universal. El que desposa fácilmente a la multitud conoce febriles alegrías, de las que eternamente se verá privado el egoísta, cerrado como un cofre, y el perezoso, enquistado como un molusco. El adopta todas las profesiones, todas las dichas y todas las miserias que la circunstancia le presenta.

Lo que los hombres llaman amor es demasiado pequeño, demasiado restringido y demasiado débil, comparado con la inefable orgía, la santa prostitución del alma que se da entera, poesía y caridad, a lo que imprevistamente aparece, al desconocido que pasa.

A veces es bueno enseñarle a los felices de este mundo, más no sea para humillar un instante su estúpido orgullo, que hay una felicidad superior a la suya, más vasta y más refinada. Los fundadores de colonias, los pastores de pueblos, los sacerdotes misioneros exiliados en el fin del mundo, sin duda algo conocen de esas misteriosas embriagueces; y, en el seno de la vasta familia que su genio creó, a veces deben reírse de quienes los compadecen por su suerte, tan agitada, y por su vida, tan casta.)

jueves, 2 de abril de 2009

Mi sexo/cloaca

Cada noche me desnudo. Esta no es distinta a cualquier noche. Salvo porque la gripe me ha endurecido, salvo porque cuando toso tengo un dolor sordo en los riñones, esta es una noche cualquiera. En general, ninguna noche en nuestro tiempo epistolar es distinta a cualquier noche. Esta casa, este cuarto cúbico donde he descubierto las maravillas que la disposición puede traer, trazando líneas entre afiches comprados por mi mamá en museos europeos, luz manipulada y mucha pintura azul, persiste a través de las estaciones y mis 23 años. La cinta scotch, el tape, mucho papel y muchas palabras escandidas pueden haber hecho más por mí que nada y nadie antes.

He llegado de la calle y me desnudo empezando por el torso. El neumólogo, que me prohibió vanamente el alcohol hace tres años, dijo al ver la radiografía de mi tórax que yo tengo aquello opuesto a lo que se llama pecho de paloma, que mi pecho está hundido, que mi esternón curvado hacia dentro. Dijo que yo debía hacer deporte y yo no lo hice y dijo que jamás tomara alcohol, que podría joderme por siempre. Yo sostengo una cerveza helada y para mí eso no significa nada. Bebo y no significa nada salvo frío contento. En todo caso, si algo es, este pecho cóncavo es la concreción material de una alegre incapacidad que tengo para sentir orgullo. Y si eso es, jamás quiero perderlo.

Según algunos contenemos mensajes en nuestra apariencia (en nuestra pose, nuestros gestos, nuestras medias). Creo firmemente que soy alguien y que lo proyecto y ahora, viendo mi torso desnudo, soy alguien que no comprendo. Entonces me quito el pantalón, buscando algo más, y observo mi cuerpo depilado. Ya me he acostumbrado al pubis desnudo que me procuré otra madrugada con la tijera artesco que no salía del cajón desde 1998. Ya miro mi pene y pienso aquello del mismo mono milenario que se refleja en el espejo y llora.

Tengo una magnífica erección y recuerdo aquella conversación con C y mis amigos: aquella prueba. Sorprendido, la introduzco suavemente, toda por el medio de un rollo de papel higiénico que guardo en la mesa de noche. Efectivamente, no baila. Cabe justa. ¿Debo sonreír ante esta, la gracia más exquisita de mi anatomía?

martes, 31 de marzo de 2009

Agentes de tránsito




Quizás mi único atractivo sea una honda vulnerabilidad. Una vulnerabilidad evidente y cómica, crónica, profesada, ejercida con un estilo contrito o despabilado, gritada en un canto magro cada día y todavía con más efervescencia cada noche.

Entenderé vulnerabilidad como la existencia de una vía abierta en mi despistado exoesqueleto -criatura articulada, como pelícana: el lugar común, la realidad donde reverberan las palabras contra mis articulaciones y tú existes- a través de mi entraña, mi estómago, mi corazón. Entenderé que es una vía gigantesca, un tanto Appia, carretera de hechos, ruidos y besos, y aceptaré que ahuyenta a no pocos potenciales transeúntes con su sinuosidad insolente. Otros se internan en ella; entran por esta grieta pequeña, negra, húmeda gruta, bella y enferma locación de todas mis obsesiones (que no son pocas). Por lo demás, yo los invito a pasar (te invito a pasar) con alegría. Dentro, sonrío y existo.

En el fin de semana conversé algunas horas con G. G es genial y me encanta conversar con ella, sonríe muy bien y puedo ser sincero con ella y me divierto. Existen una cuantas personas, pocas, con las que llevo esta relación. Paso días en una como vorágine propia, quiero gritar, y existen pocas personas con las que finalmente puedo ser yo. (Lo único otro con lo que puedo ser yo es con el alcohol.) Ellas me conocen, de pronto realmente. Paso días en esta vorágine propia, hermana de la más sobria soledad, y todo vuelca en un desahogo muy similar al vómito que reconozco egoísta pero que me hace sentir acompañado, cálido. G entra, me siento confortado y luego se va. Llega muy dentro, pero atraviesa totalmente esta carretera, surgiendo del otro lado, acaso ilesa. Pasan semanas, no nos vemos, y yo quizás veo a alguna otra de sus iguales. Luego nos volvemos a encontrar y es lo mismo. Algo portentoso representa este ritual; yo, únicamente por convención y contra mi voluntad, suelo también llamarlo amistad.

Esta tarde siento una leve nausea. Tengo fiebre. He tomado demasiada cafeína y me desvanezco. En mi pecho pulsa un ser, con desenfreno, completamente débil. No puedo seguir sentado y me abruma una sensación de vacío y he pensado toda la mañana. Pensar, como no dijeron pero seguro entendieron aquellos griegos, es sobre todo un acto temerario, osado al límite elegante de la imprudencia. Yo he copiado y tornado en mí aquella figura vieja de la caverna. Además he imaginado mi corazón tendido en esta carretera -una carretera que va por el medio de la caverna- y he comprendido que cada ser que la atraviesa no es más que otro transeúnte. He aceptado que mis amantes no son otra cosa que estos mismos transeúntes: he concluido que la única forma comparable a mi amor es aquella del hombre que se tropieza cuando cruza la Panamericana Sur un domingo, borracho y confundido, a la altura de Lurín.

¿Buscas tú la sonrisa infinita? Pues deberás convertirte en un peaje de esta carretera: aquel mortal peaje donde llegó Sonny Corleone. ¿Y dónde subsiste cierta nobleza cuando el contento implica estas astutas maquinaciones criminales? Has visto con tristeza a cada visitante. Nada más ineludible, más inevitable que el momento más profundo de su viaje. Luego, lentamente, inevitablemente comienzan a emerger. Tu momento más extraño: se han ido.















domingo, 29 de marzo de 2009

El aterrizaje










He dicho siempre que podría morir pronto. Al observar mi vida como una historia, sería bello y patético un final tajante, catastrófico y rápido que llegue de la manera más inapropiada, mientras los sueños de mi mamá todavía sean grandes y las esperanzas de mi familia sigan vigentes. Destruir así mis sueños y los suyos, incluso los tuyos, con la perfección árida y azul de la soledad.

Apoteósico, siempre sentiré la tentación de derrumbarme de este vuelo. Ya lo supe demasiado tiempo. Tendría sólo 5 años cuando jugaba con canicas y, tras las advertencias de W, comenzaba a sentir la seducción maldita, el aliento húmedo y tibio, el perfume del deseo. Metía entonces la más gorda de todas a mi boca, le daba un giro y luego la escupía, estremecido por la dulzura del terror, la posibilidad de acabar sofocado tras cualquier error en aquella danza.







Quizás algún día identifique al más inocente hombre que transita la ciudad, cualquiera por la calle, y caiga sobre él desde los cielos de mi historia como una bomba infinita. Entonces habría un imbécil menos en la tierra. Yo no sabría decir cuál de los dos.







viernes, 27 de marzo de 2009

Despegar en Iggy Pop












Morir asido a una dura garganta en la silenciosa espuma del follaje.
Comenzar, escapar. Utilizar su aliento como un látigo y un par de jeans pequeñísimos para encender la ingle. Un polo cuello v, un blazer entallado: dirigirnos muy retro hasta la cámara mortuoria, abrazarlo, encontrar al amado Iggy fallecido, luego principiar el viaje alucinado de los pámpanos y el sueño.

Morir en un cuerpo embellecido por la más remota nieve.
Entender la vida como un descanso y no esperar nada de la alegría salvo ella misma (la sensación misma). Pensar en la muerte como la consecuencia inevitable del éxito. Doblar el cuerpo, ser una grulla, ser la grulla, ser un artrópodo en llamas que esta noche buscara todo lo que quiere y obtendrá todo lo que necesita.

Sólo entonces sabernos dueños de la técnica.













jueves, 26 de marzo de 2009

Estómagos y corazones

Sí me gusta utilizar símbolos. Sí me entusiasman escasas ceremonias.

También me gusta oler un pecho suave de mujer. Me gustan las tetas pequeñas, apenas elevándose, y los pezones que parecen globos de carnavales sin inflar. Me gusta aquella zona en la base del cuello, la clavícula, me gusta el lento camino de la boca a través de ellas hasta las axilas humorosas. Me gusta besar esos pezones y acariciarlos levemente con los dedos, oscilan más fácilmente, y me gusta la mueca y los sonidos que pueda hacer una mujer cuando lo haces. Me gusta cómo te sonríe y entonces, cuando lo hace, me gusta besarla en la boca cerrada, presionando mis labios en los suyos.

Me gustaría postular a las tetas como cierta coraza, exoesqueleto del torso (con todas las implicancias, que en este caso no elaboraré) y al torso como la habitación de cierta esencia pulsante donde se localiza primero el dolor y todo lo otro que nos impulsa. Mi ritual sería entonces la forma estúpida y sumisa de aproximarme a ella. Además me gustaría elegir un órgano -un cuerpo gutural- que acogería esta esencia: la sensación de la noche y el deseo; todo lo irracional y avasallante que nos conduce a la locura práctica; la luna dentro, el viento inmóvil. Es muy difícil. En este caso es muy difícil.

No distingo estómagos y corazones.